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libro la huesped de stephenie meyer - pdf download

La huesped
15/1/09
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www.sumadeletras.com
Capítulo
1
Recuerdos
Y
o sabía que comenzaría con el final y a esos ojos el final
iba a parecerles algo similar a la muerte. Estaba avisada.
No esos ojos: mis ojos. Míos. Porque ahora eso era yo.
Usaba un lenguaje extraño, pero con significado. Tartamudeante, estridente, oscuro y lineal. Anquilosado hasta lo indecible en comparación con los muchos otros que antes había
empleado, aunque con suficientes recursos para comunicar
fluidez y expresividad; en cierto sentido era hermoso. Y ahora era mi idioma. Mi idioma materno.
Me alojé con seguridad en el centro de pensamiento de
este cuerpo gracias al instinto certero que caracteriza a los de mi
especie; luego me inserté de forma inexorable en cada una de sus
inspiraciones e instintos hasta que dejamos de ser entidades nítidamente separadas. Ahora era yo.
No el cuerpo, sino mi cuerpo.
Percibí la lenta desaparición de los sedantes y que recuperaba la lucidez. Me preparé para el asalto de su primer recuerdo, que en realidad sería la evocación de los últimos momentos que su cuerpo había experimentado, la memoria de su
fin. Estaba bien preparada, porque me habían contado con todo detalle lo que iba a ocurrir ahora. Estas emociones humanas serían más fuertes, más vivas que los sentimientos de cualquier otra especie en la que hubiera habitado antes.
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The host-La huésped
El recuerdo llegó. Tal y como se me había avisado, no
era algo para lo que fuera fácil estar preparada.
Me quemó con su color estridente y su sonido atronador. Sentí frío en la piel, mientras el dolor se me aferraba
a los miembros, quemándome. Percibía un sabor metálico
intenso en su boca. Además había también un nuevo sentido, el quinto, el que nunca había experimentado antes. Éste
percibía las partículas del aire y las transformaba en extraños mensajes, a veces placenteros y en otros casos avisos para su cerebro: el olor. Me distraían, confundiéndome, pero
no a su memoria. Porque sus recuerdos no tenían tiempo para estas novedades del olfato, dominados como estaban por
el miedo.
El miedo la había encerrado en un círculo vicioso, incitando a los miembros torpes, patosos, hacia delante, pero a
la vez dificultándole los movimientos. No podía hacer nada
más que huir, correr.
Me he equivocado.
Aquel recuerdo ajeno era tan fuerte, claro y atemorizador que se deslizó a través de mi autocontrol y superó la distancia que supone saber que era simplemente un recuerdo y, además, no era mío. Me arrastró al infierno que había constituido
el último minuto de su vida, porque yo era ella y huíamos.
Estaba tan oscuro que no distinguía nada, ni siquiera el
suelo. No me veía las manos, extendidas delante de mí. Corría
a ciegas mientras intentaba escuchar el ruido de la persecución,
que podía sentir a mis espaldas a pesar de lo alto que me sonaba el pulso de los latidos del corazón en los oídos.
Hacía frío. No importaba ahora, pero dolía. Tenía mucho
frío.
Por su nariz entraba un olor desagradable, malo, hediondo. Esa repulsión me liberó del recuerdo durante un
segundo, pero sólo fue durante un segundo, y enseguida el
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Stephenie Meyer
recuerdo me arrastró de nuevo y los ojos se me llenaron de
lágrimas de terror.
Estoy perdida, estamos perdidos. Se terminó.
Ahora mismo se encuentran detrás de mí, los oigo muy
cerca. ¡Se escuchan muchos pasos! Estoy sola. Me he equivocado.
Los buscadores están gritando. El sonido de sus voces
me revuelve el estómago hasta el punto de que me voy a marear.
—Todo va bien, todo va bien —me miente uno en un intento por calmarme y lograr que aminore el paso. Su voz suena alterada por el esfuerzo que hace al respirar.
—¡Ten cuidado! —grita otro, avisándola.
—¡No te hagas daño! —suplica un tercero con voz profunda y preocupada por mí.
¡Preocupada por mí!
El calor recorrió mis venas y un odio violento casi me
ahoga.
Nunca había sentido una emoción similar en todas mis
vidas. De nuevo la repugnancia me sacó del recuerdo un segundo
más. Un lamento agudo, estridente, me atravesó los oídos y retumbó en mi mente. El sonido chirrió a través de todas mis vías
respiratorias y sentí un ligero dolor en la garganta.
«Un grito —me explicó mi cuerpo—. Eres tú la que grita».
Me quedé helada por la sorpresa y el sonido se quebró
de repente.
Eso no era un recuerdo.
Mi cuerpo... ¡estaba pensando! ¡Me estaba hablando!
Pero en ese momento el recuerdo era más fuerte que mi
asombro.
—¡Por favor —chillaban—, hay mucho peligro ahí delante!
«¡El peligro está detrás!», respondí a gritos en mi mente,
pero ¿a qué se refieren? Hay un débil rayo de luz que no se sabe de dónde viene brillando al final del pasillo. No es una pared
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The host-La huésped
plana ni una puerta cerrada, sino el final sin salida que temía
y esperaba. Es un agujero negro.
El pozo de un ascensor. Abandonado, vacío y condenado
como todo el edificio: un escondrijo en su momento y ahora
una tumba.
Una oleada de alivio me recorre mientras me precipito
hacia delante. Hay una salida. No hay manera de sobrevivir, pero sí, quizá, una manera de vencer.
«¡No, no, no!». Este pensamiento era completamente
mío; luché por apartarme de ella, pero seguíamos juntas, y saltamos unidas hacia el abismo de la muerte.
—¡Por favor! —Ahora los gritos sonaban más desesperados.
Casi sentí deseos de reír cuando supe que había sido lo